Levantarse temprano nunca le fue un inconveniente. Le
gustaba ese ritual que había construido hace un año, cuando decidió por fin
darle un poco más de espacio a ella misma en su vida.
Abrir la ducha, poner el agua, bañarse, apagar el fuego, vestirse y finalmente sentarse a disfrutar de unos mates y una buena lectura. Le parecía que así engañaba un poco a la rutina del trabajo, la disfrazaba de otra cosa más placentera como quedarse en compañía de un buen libro; o simplemente consigo misma.
Abrir la ducha, poner el agua, bañarse, apagar el fuego, vestirse y finalmente sentarse a disfrutar de unos mates y una buena lectura. Le parecía que así engañaba un poco a la rutina del trabajo, la disfrazaba de otra cosa más placentera como quedarse en compañía de un buen libro; o simplemente consigo misma.
Prefería eso a salir a las apuradas para llegar a horario a
la oficina y vivir un poco en el traje de otros, nunca era del todo ella misma
ahí. Esa mañana pensó en eso y se acordó de Hunter S. Thompson y sus “Días de Ron”.
Sonrió y asintió con su cabeza como afirmación de eso que ella pensaba: “éramos todos actores”. Sí,
definitivamente lo creía cierto. Pero cuestionaba un tanto aquello de engañarse a
uno mismo, más bien peleaba contra eso. Le parecía interesante o idealista, como a Hunter, el hecho de ser consciente de todos sus papeles e
interpretaciones aunque todavía le quedaba por resolver si finalmente todo
debería terminar en una sensación de inminente desastre. Muchas veces lo había
sentido así, pero esa mañana, un poco más optimista tal vez, decidió que no;
que había otros tonos de grises dentro de un pesimismo que a veces le gustaba
demostrar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario