domingo, 9 de marzo de 2014

Sin título

Caer. Se suponía que tenía que caer. Podía hacerlo de mil maneras aunque nunca encontraba la correcta. ¿La correcta? Su vida entera había sido la correcta. Empezaba a detestar esa palabra. ¿Por qué habría de haber algo correcto? ¿Quién lo determina? ¿Por qué lo acatamos todos como si fueran las cosas más naturales y humanas? ¿Por qué creemos que son inherentes al hombre? No. Lo que era determinado como tal había sido creado por hombres ¿según qué?: obvio, beneficios propios. Un sistema entero, entendía ella. Pero no quería comenzar a filosofar acerca del por qué creemos que hay cosas correctas y otras no, demasiados años, hasta siglos habían pasado para que eso sucediera y para que las cosas sigan funcionando socialmente y culturalmente como hasta ahora.
Alejada de prejuicios. No. Para qué se iba a mentir. A ella le costaba demasiado todavía comenzar a caminar por un nuevo camino, un camino construido en base a una cosa: su ser. Es que tanto años de molde no habían sido en vano. Y por más que sabía que todos los conceptos eran infundados, aún le costaba creer que no había nada de ella en eso y que, entonces, la búsqueda iba por otro lado. ¿Qué lado? No lo sabía. Lo importante era la búsqueda y por allí se adentró. Y entonces, ella lo sabía, iba a caer. Iba a ser duro el golpe. Eso es lo que se suponía que iba a pasar. Y pasó. De la manera que menos esperaba pasó. Trastocó los moldes que pensaba nunca iba a romper, esos que quería mantener en pie y que juraba no iba a quebrar. Y como todo, lo hizo abruptamente, sin pensarlo, un día cualquiera.
Asfixiante.
Doloroso.
Triste.
Inexplicable.
Despertar de un sueño encantador.