domingo, 9 de marzo de 2014

Sin título

Caer. Se suponía que tenía que caer. Podía hacerlo de mil maneras aunque nunca encontraba la correcta. ¿La correcta? Su vida entera había sido la correcta. Empezaba a detestar esa palabra. ¿Por qué habría de haber algo correcto? ¿Quién lo determina? ¿Por qué lo acatamos todos como si fueran las cosas más naturales y humanas? ¿Por qué creemos que son inherentes al hombre? No. Lo que era determinado como tal había sido creado por hombres ¿según qué?: obvio, beneficios propios. Un sistema entero, entendía ella. Pero no quería comenzar a filosofar acerca del por qué creemos que hay cosas correctas y otras no, demasiados años, hasta siglos habían pasado para que eso sucediera y para que las cosas sigan funcionando socialmente y culturalmente como hasta ahora.
Alejada de prejuicios. No. Para qué se iba a mentir. A ella le costaba demasiado todavía comenzar a caminar por un nuevo camino, un camino construido en base a una cosa: su ser. Es que tanto años de molde no habían sido en vano. Y por más que sabía que todos los conceptos eran infundados, aún le costaba creer que no había nada de ella en eso y que, entonces, la búsqueda iba por otro lado. ¿Qué lado? No lo sabía. Lo importante era la búsqueda y por allí se adentró. Y entonces, ella lo sabía, iba a caer. Iba a ser duro el golpe. Eso es lo que se suponía que iba a pasar. Y pasó. De la manera que menos esperaba pasó. Trastocó los moldes que pensaba nunca iba a romper, esos que quería mantener en pie y que juraba no iba a quebrar. Y como todo, lo hizo abruptamente, sin pensarlo, un día cualquiera.
Asfixiante.
Doloroso.
Triste.
Inexplicable.
Despertar de un sueño encantador.

domingo, 23 de febrero de 2014

A mi espejo


¨por un minuto de vida breve
única de ojos abiertos
por un minuto de ver
en el cerebro flores pequeñas
danzando como palabras en la boca de un mudo.¨
Alejandra Pizarnik


¿Cómo? De ser posible en ese mundo que la envolvía. Como un niño que su mamá arropa por las noches. Un beso en la frente. Que le digan que todo va a estar bien. Que no hay nada por qué preocuparse. Que en verdad no hay nada 'válido' que justifique sentirse así.
Tan difícil por momentos era. Tan incomprendida podía llegar a sentirse. Tan distinta a todos, tan igual a nadie. Ahí se hallaba, parada frente a un abismo. Dispuesta a tomar la última bocanada de aire. Dispuesta a sentir que esta vez iba a ser diferente.
Ahí en el borde estaba la dicha y la esperanza. Cuando sentía que ya no había más nada, que el mundo entonces sólo debía tratarse de nada. Que no existía el sentido de la vida. Ahí. Inhala. Toma todo el aire que puede por su boca. El último aliento. El último recorrido. Su cuerpo se dejó caer. El pasto olía tan sabroso, tan tierra, tan orígenes. Recostada sobre él, sus brazos extendidos y sus manos abrazando la tierra. Era más fácil así. Sentirse uno con la madretierra. Observar por rato un cielo grandilocuente. La nubes parecían querer brindarle alguna respuesta. Forma tras forma se inventaban. Y entonces permitirse por un rato al menos cerrar los ojos. Hizo fuerza e inhaló el aire que pudo. Lo sostuvo. Dentro suyo estaba lo más oscuro y perturbador. Dentro suyo también estaba el aire y el agua, la tierra y el fuego.
Para esos días le costaba ya mantener la llama encendida. La oscuridad se burlaba de ella una y otra vez. Su mirada le mostraba sólo aquello que le recordaba que no había lugar para ella en este mundo, que la vida no debía tratarse de nada, y que sólo como autómatas debíamos transitar eso que todos llaman vida. ¿Por qué le era tan difícil digerirlo? Su cuerpo se irritaba. Su mente sólo buscaba acallar los gritos desesperados de su alma. Sus ojos ya no querían mirar.
Se dejó caer. El pasto olía tan sabroso, tan tierra, tan orígenes. Cerró sus ojos, comenzó a sentir. El aire que inhalaba y exhalaba la devolvía a ese lugar del que nunca debió alejarse. Mirar dentro. Sentir. Qué riesgoso. Por tanto tiempo eludiéndose. Por tanto tiempo temía por lo que podía llegar a encontrar. Tenía que no poder más. Hartarse del mundo, de la vida, de la gente, de ella. Cuando ya no había más nada cerró los ojos y se adentró al lugar del cual pensaba, ya no iba a regresar. Comenzó a sentir que el aire que inhalaba recorría con fuerza su cuerpo, el torrente sanguíneo se aceleraba, su corazón dormido daba pasos hacia el despertar. Olía la tierra, sus orígenes. Su cuerpo desnudo sentia las caricias del verde que la rodeaba. El pasto olía tan sabroso. Su mirada hacia dentro. El miedo a no regresar jamás se habia esfumado. La vida debía ser eso. La vastedad del universo en todo su ser. Exhaló fuerte y prolongado. Abrió sus ojos. Como una planta que revive luego de días de agonía, luego de sentirse tan seca, tan nada, tan difícil de recuperar. Tan viva ahora. Parecía imposible de explicar cómo entonces tan solo no podía mirar. Inefable. Había nacido tanto.

sábado, 15 de febrero de 2014

Sobre las formas de tener miedo

Un salto. Tenía que dar un salto. Pero por qué habría de serle tan difícil. Todo se resumía a pensar. Ella, como incansable mentalmente que era, pensaba. En los sueños incluso de veía inserta en pensamientos frustrantes, chocantes, desilusionantes. Su vida se había convertido en una cabeza incapaz de dejarle espacio a nada más. Y cuando quiso ceder, cuando verdaderamente lo deseó, se hundió en un mar de emociones que aún no estaba preparada para enfrentar. Y ahogarse ya le parecía más fácil y hasta un tanto aliviador. Sí. Estaba destruyendo aquello a lo que había logrado llegar. Por qué? Qué motivo encontraba para hacerlo? Ninguno le parecía valedero. Un resumen del "estado de su vida" se lo hacía saber: TODO ESTÁ BIEN. Pero no, igual, algunas cosas deben estar mal para que todo siga pesando tanto. Qué? Nos habían acostumbrado tanto a luchar contra algo, a pelear, a solucionar cosas, a plantearnos objetivos, problemas, desencantos, que ahora, cuando nada en verdad podía salir mal, ella estaba decidiendo que algo podría estarlo. Cuestión de perspectiva. Sí, nunca antes había estado tan pesimista. Qué era entonces? Miedo.