viernes, 26 de febrero de 2016

128 BPM

Sus ojos permanecían abiertos. A pesar de la oscuridad de una noche sin luna, la ventana de su cuarto dejaba pasar un halo de luz y por un instante se dejó llevar por él. A medida que atravesaba las terrazas que la separaban del origen, su alrededor se volvía más incandescente y su vista comenzaba a enceguecerse hasta encontrarse dentro de una refulgencia de colores primarios.
Se hallaba en un cuarto observando a cuerpos bailar a 128 beats por minuto. Enfocada en los destellos de luces que danzaban al compás del sonido, por primera vez cerró sus ojos. La sedujo la idea de sincronizar sus latidos con la música y pegar su anatomía junto a la complexión que intentaba seducirla. Sentir la brisa de la respiración de él marcaba la distancia en que se fijaban sus cuerpos y el tiempo parecía desvanecerse con cada exhalación. Sus manos se mezclaban en una danza de dedos, brazos y caderas.
100 beats marcaron el camino hacia destellos tenues color verde. Un lento inhalar y un abrir de ojos la introdujo en la oscuridad de los suyos. Se podía ver reflejada en ellos. Las manos de él rodeaban sus caderas cuando ella perdió nuevamente la mirada. Podía definir con colores y sonidos el olor de su cuello, podía sentir las muecas de su boca con su boca, quería perderse entre la textura de su lengua.
Sus ojos permanecían cerrados, un halo de luz de mediodía pasaba a través de la ventana de su cuarto negándole la noche, queriéndola dormida.

domingo, 9 de marzo de 2014

Sin título

Caer. Se suponía que tenía que caer. Podía hacerlo de mil maneras aunque nunca encontraba la correcta. ¿La correcta? Su vida entera había sido la correcta. Empezaba a detestar esa palabra. ¿Por qué habría de haber algo correcto? ¿Quién lo determina? ¿Por qué lo acatamos todos como si fueran las cosas más naturales y humanas? ¿Por qué creemos que son inherentes al hombre? No. Lo que era determinado como tal había sido creado por hombres ¿según qué?: obvio, beneficios propios. Un sistema entero, entendía ella. Pero no quería comenzar a filosofar acerca del por qué creemos que hay cosas correctas y otras no, demasiados años, hasta siglos habían pasado para que eso sucediera y para que las cosas sigan funcionando socialmente y culturalmente como hasta ahora.
Alejada de prejuicios. No. Para qué se iba a mentir. A ella le costaba demasiado todavía comenzar a caminar por un nuevo camino, un camino construido en base a una cosa: su ser. Es que tanto años de molde no habían sido en vano. Y por más que sabía que todos los conceptos eran infundados, aún le costaba creer que no había nada de ella en eso y que, entonces, la búsqueda iba por otro lado. ¿Qué lado? No lo sabía. Lo importante era la búsqueda y por allí se adentró. Y entonces, ella lo sabía, iba a caer. Iba a ser duro el golpe. Eso es lo que se suponía que iba a pasar. Y pasó. De la manera que menos esperaba pasó. Trastocó los moldes que pensaba nunca iba a romper, esos que quería mantener en pie y que juraba no iba a quebrar. Y como todo, lo hizo abruptamente, sin pensarlo, un día cualquiera.
Asfixiante.
Doloroso.
Triste.
Inexplicable.
Despertar de un sueño encantador.

domingo, 23 de febrero de 2014

A mi espejo


¨por un minuto de vida breve
única de ojos abiertos
por un minuto de ver
en el cerebro flores pequeñas
danzando como palabras en la boca de un mudo.¨
Alejandra Pizarnik


¿Cómo? De ser posible en ese mundo que la envolvía. Como un niño que su mamá arropa por las noches. Un beso en la frente. Que le digan que todo va a estar bien. Que no hay nada por qué preocuparse. Que en verdad no hay nada 'válido' que justifique sentirse así.
Tan difícil por momentos era. Tan incomprendida podía llegar a sentirse. Tan distinta a todos, tan igual a nadie. Ahí se hallaba, parada frente a un abismo. Dispuesta a tomar la última bocanada de aire. Dispuesta a sentir que esta vez iba a ser diferente.
Ahí en el borde estaba la dicha y la esperanza. Cuando sentía que ya no había más nada, que el mundo entonces sólo debía tratarse de nada. Que no existía el sentido de la vida. Ahí. Inhala. Toma todo el aire que puede por su boca. El último aliento. El último recorrido. Su cuerpo se dejó caer. El pasto olía tan sabroso, tan tierra, tan orígenes. Recostada sobre él, sus brazos extendidos y sus manos abrazando la tierra. Era más fácil así. Sentirse uno con la madretierra. Observar por rato un cielo grandilocuente. La nubes parecían querer brindarle alguna respuesta. Forma tras forma se inventaban. Y entonces permitirse por un rato al menos cerrar los ojos. Hizo fuerza e inhaló el aire que pudo. Lo sostuvo. Dentro suyo estaba lo más oscuro y perturbador. Dentro suyo también estaba el aire y el agua, la tierra y el fuego.
Para esos días le costaba ya mantener la llama encendida. La oscuridad se burlaba de ella una y otra vez. Su mirada le mostraba sólo aquello que le recordaba que no había lugar para ella en este mundo, que la vida no debía tratarse de nada, y que sólo como autómatas debíamos transitar eso que todos llaman vida. ¿Por qué le era tan difícil digerirlo? Su cuerpo se irritaba. Su mente sólo buscaba acallar los gritos desesperados de su alma. Sus ojos ya no querían mirar.
Se dejó caer. El pasto olía tan sabroso, tan tierra, tan orígenes. Cerró sus ojos, comenzó a sentir. El aire que inhalaba y exhalaba la devolvía a ese lugar del que nunca debió alejarse. Mirar dentro. Sentir. Qué riesgoso. Por tanto tiempo eludiéndose. Por tanto tiempo temía por lo que podía llegar a encontrar. Tenía que no poder más. Hartarse del mundo, de la vida, de la gente, de ella. Cuando ya no había más nada cerró los ojos y se adentró al lugar del cual pensaba, ya no iba a regresar. Comenzó a sentir que el aire que inhalaba recorría con fuerza su cuerpo, el torrente sanguíneo se aceleraba, su corazón dormido daba pasos hacia el despertar. Olía la tierra, sus orígenes. Su cuerpo desnudo sentia las caricias del verde que la rodeaba. El pasto olía tan sabroso. Su mirada hacia dentro. El miedo a no regresar jamás se habia esfumado. La vida debía ser eso. La vastedad del universo en todo su ser. Exhaló fuerte y prolongado. Abrió sus ojos. Como una planta que revive luego de días de agonía, luego de sentirse tan seca, tan nada, tan difícil de recuperar. Tan viva ahora. Parecía imposible de explicar cómo entonces tan solo no podía mirar. Inefable. Había nacido tanto.

sábado, 15 de febrero de 2014

Sobre las formas de tener miedo

Un salto. Tenía que dar un salto. Pero por qué habría de serle tan difícil. Todo se resumía a pensar. Ella, como incansable mentalmente que era, pensaba. En los sueños incluso de veía inserta en pensamientos frustrantes, chocantes, desilusionantes. Su vida se había convertido en una cabeza incapaz de dejarle espacio a nada más. Y cuando quiso ceder, cuando verdaderamente lo deseó, se hundió en un mar de emociones que aún no estaba preparada para enfrentar. Y ahogarse ya le parecía más fácil y hasta un tanto aliviador. Sí. Estaba destruyendo aquello a lo que había logrado llegar. Por qué? Qué motivo encontraba para hacerlo? Ninguno le parecía valedero. Un resumen del "estado de su vida" se lo hacía saber: TODO ESTÁ BIEN. Pero no, igual, algunas cosas deben estar mal para que todo siga pesando tanto. Qué? Nos habían acostumbrado tanto a luchar contra algo, a pelear, a solucionar cosas, a plantearnos objetivos, problemas, desencantos, que ahora, cuando nada en verdad podía salir mal, ella estaba decidiendo que algo podría estarlo. Cuestión de perspectiva. Sí, nunca antes había estado tan pesimista. Qué era entonces? Miedo.

jueves, 31 de octubre de 2013

sin-sentido

Incansables buscadores de sentido. De eso parecía tratarse todo, o al menos el diseño de vida que había sido planteado para ella y los de su especie. Las cosas funcionaban a modo de brújula. Las cosas habían sido dispuestas hace bastante tiempo para que buscar el norte sea la opción, la única opción. ¿Y qué quedaba entonces más que rumbear hacia allí? Pero ella sentía que su brújula se había roto a pedazos cuando por un pequeño desliz la dejó caer. Y entonces ahí iba. Una vez más, tratando de encontrar un camino hacia donde virar. ¿Por qué? Como si alguien lo hubiese determinado, su meta era encontrar el sentido. ¿A qué? ¿Para qué? ¿De qué forma? La humanidad había sido creada para decidir el norte de todos. El destino del hombre era el hombre. No más. Creernos tan indispensables como capaces de decidir cuándo y cómo autodestruirnos. Y entonces el vacío eterno que nos aprehendía y hería en lo más profundo de nuestro ego. Y entonces tratar de darle sentido a algo que tal vez jamás lo tuvo, ni debería tenerlo. Y ahí se encontraba, tratando de buscarle una significación valedera a su vida. O a ésta vida. Y no era casualidad, no era la excepción. Era la vida de todos tratar de llenar algo que nunca tal vez sepamos qué es. Mil métodos había probado, mil sabores, miles de recuerdos. Atrapada en ella. Buscando incansablemente el sentido de las cosas. ¿Por qué habríamos de ser tan importantes como para pasarnos toda una vida buscando vaya a saber qué? Era de humano el egoísmo de creer que estamos aquí para algo. De humano y divino. La predestinación ya nos había calado tan hondo que todos debíamos estar aquí para algo y para llegar al norte. Porque en el norte, ahí bien lejos, estaba eso que todos llaman felicidad.
Felicidad. Tan gastado le parecía. Tan envasado. Tan industrial. Y entonces se veía una vez más cuestionando la existencia misma del mundo, de las cosas, de los hombres, de ella. Y como signo de rebeldía, o como su única salida, se había apresurado en buscar el sur. ¿Por qué? ¿Con qué fin? No lo sabía. Creía haber entendido que el sentido no es más que un invento del hombre para sobrevivir en esto que llamamos mundo y poder sobrellevar esa mochila que llamamos vida. Y entonces había decidido despojarse de todo, desnudarse. Sentirse verdaderamente animal. ¿Pero era posible evitar que el flujo sanguíneo cambie de dirección o simplemente deje de correr? Habría que estar muerto, y eso no le era una opción.

miércoles, 21 de agosto de 2013

La Comunidad

Trataba de relatar su historia. De alguna manera tenía que poder transformar la penuria que alcanzaba su espíritu por esos días en algo más que lágrimas o tragos. Como si la muerte le estuviese rondando, como si algo ajeno a ella le adentraba por momentos con todo su vigor y su fuerza, a tal manera de dejarla nula, enmudecida de risas y carcajadas, ensordecida por los mismos motivos, ciega por exceso de imágenes. Todo parecía querer moldearla dentro de esa-vida-que-muchos-ansían y que ella, por negación o rebeldía, o tal vez por deseos profundos de verdadera libertad, estaba dispuesta a boicotear. Con el pecho anudado pudo llegar arrastrándose, arañando los días, los papeles, la gente, su trabajo, al viernes que no pronosticaba nada diferente más que sueño y diversión.

Su continuo cuestionar de las actitudes de todos los que la rodeaban no era más que la confirmación de que hacia allí estaba yendo ella, sólo que por parca, testaruda y hasta irritable carácter había decidido desechar. Aunque sabía que ese ir y venir de engaños no la llevaría lejos, y mucho menos donde pensaba estar el próximo año, se había convencido de que llegar a lo más bajo podía de repente hacerla subir a flote; y hacia allí iba.

Casi por inercia y ganas de olvidarse del mundo llegó a casa de sus amigos a desplumarse como perro en un sofá. No eramos muchos en la casa, como solían ser aquellas reuniones de risas, disparates y filosofía barata con aire académico. A ella le encantaba. Por fin se sentía a gusto después de tanto tiempo y disfrutaba escuchar las historias de todos y jugar a que eran personajes de una novela que algún día escribiría. Pero esa noche tenía un aire diferente. La buena de Dios, o la buena de su amigo que decidió compartirlo, los había puesto en un estado de frescura que hacía tiempo no alcanzaba lograr. De un minuto a otro, se encontró bailando sola en medio de la sala, dando vueltas en círculos con los ojos cerrados. A su encuentro fueron sus amigos a compartir con ella ese momento. Unidos de la mano, danzando todos juntos como pidiéndole a la madre tierra más amor. El lugar se había inundado de sentimientos fraternos, tan fraternos que le hacía imposible creer que a esas personas las había conocido hace tan poco. De tanto en tanto, se sentaba a observarlos como ajena a las circunstancias, para disfrutarlos un poco más y realzar toda su belleza. No había nada, absolutamente nada en ellos, que pudiese llegar a un momento oscuro en la penumbra de una luz de velador que apenas iluminaba la sala. Y estaba feliz. A su lado se recostaban de a ratos sus amigos para agasajarla y hacerla sentir más bella que nunca. Un constante compartir. Una comunión inigualable se había apoderado de la madrugada y todos, sonriendo y tomados de la mano lo inmortalizaron por un instante en sus grandes pupilas.

La mañana siguiente la había despertado con un mensaje. Abrió los ojos porque un rayo de luz que se filtraba por la persiana le daba justo en los ojos. Y allí se halló vertida de nuevo en un mundo al que todavía no quería regresar. Aunque no dejó que su hastío cotidiano invada el pecho y enmudezca la feliz sensación construida por la noche anterior, sintió que de ahí en más algo iba a tener que cambiar o modificar. Que se le hacía difícil llegar a lo más bajo, justo cuando se había sentido en lo más alto y entero de su ser. Volvió a cerrar los ojos por un breve instante como efecto parabrisas que borra los resabios de una lluvia anterior. Cuando los abrío, se quedó por un lapso de tiempo fortuito mirando el techo, como esperando que alguien vaya a su encuentro. Se levantó, lavó su cara, y salió en busca del sol.

martes, 16 de julio de 2013

Nota sin título: tercera parte; o cómo empezar a reír

Sus días se habían convertido en un constante cuestionar. Y le servía. Le gustaba o al menos le resultaba placentero. Se sentía por momentos rebelde. Llegar tarde se le había hecho una costumbre. Y comenzó a reírse.

La chica sentada a su lado en el colectivo parecía sentir absolutamente lo contrario. En un trayecto de no más de diez cuadras había mirado el reloj al menos cinco veces. Ella la miraba de reojo, y trataba de enfocar su atención en la lectura. Se le hacía difícil. La joven se cruzaba y descruzaba de piernas, resoplaba por momentos y había comenzado a sacudir su pie como expresión corporal de su ansiedad por llegar-a-horario. El tráfico de la ciudad podía malhumorar a cualquiera. No, a cualquiera preocupado por el tiempo. La miró una vez a los ojos y luego continúo su lectura.  Pensó que esa podía ser ella. Había sido ella.

Ya no. Y trataba de hacer todo para no volver a ‘no-ser’.

La reunión de la noche anterior le había dejado flotando en su cabeza una idea que surgió al cuestionar el trabajo como concepto mismo. Se acordó de sus días de estudiante, de sus textos y teorías. Trabajo, palabra de origen latino, era utilizado para mencionar  un instrumento de tortura formado por tres estacas a las que se amarraba al preso. Con el paso del tiempo se le otorgó otro sentido, el de ‘penalidad, molestia,tormento o suceso infeliz’. Y eso en el siglo XVII ¿Hoy?

Nos pagan por trabajo. Era eso. Todos convencidos de que el desarrollo personal debe tener que ver con el desarrollo laboral. Un reduccionismo agobiante y demasiado desalentador. Sintió pena por todos y hasta por ella misma. Nos han estado haciendo el cuento hace tanto que eso se convirtió en algo intrínseco del hombre (?) Tanto que ni siquiera lo cuestionamos ¿O sí?

Al menos ella sí. Y trataba de hacer todo para no volver a ‘no-ser’.