martes, 16 de julio de 2013

Nota sin título: tercera parte; o cómo empezar a reír

Sus días se habían convertido en un constante cuestionar. Y le servía. Le gustaba o al menos le resultaba placentero. Se sentía por momentos rebelde. Llegar tarde se le había hecho una costumbre. Y comenzó a reírse.

La chica sentada a su lado en el colectivo parecía sentir absolutamente lo contrario. En un trayecto de no más de diez cuadras había mirado el reloj al menos cinco veces. Ella la miraba de reojo, y trataba de enfocar su atención en la lectura. Se le hacía difícil. La joven se cruzaba y descruzaba de piernas, resoplaba por momentos y había comenzado a sacudir su pie como expresión corporal de su ansiedad por llegar-a-horario. El tráfico de la ciudad podía malhumorar a cualquiera. No, a cualquiera preocupado por el tiempo. La miró una vez a los ojos y luego continúo su lectura.  Pensó que esa podía ser ella. Había sido ella.

Ya no. Y trataba de hacer todo para no volver a ‘no-ser’.

La reunión de la noche anterior le había dejado flotando en su cabeza una idea que surgió al cuestionar el trabajo como concepto mismo. Se acordó de sus días de estudiante, de sus textos y teorías. Trabajo, palabra de origen latino, era utilizado para mencionar  un instrumento de tortura formado por tres estacas a las que se amarraba al preso. Con el paso del tiempo se le otorgó otro sentido, el de ‘penalidad, molestia,tormento o suceso infeliz’. Y eso en el siglo XVII ¿Hoy?

Nos pagan por trabajo. Era eso. Todos convencidos de que el desarrollo personal debe tener que ver con el desarrollo laboral. Un reduccionismo agobiante y demasiado desalentador. Sintió pena por todos y hasta por ella misma. Nos han estado haciendo el cuento hace tanto que eso se convirtió en algo intrínseco del hombre (?) Tanto que ni siquiera lo cuestionamos ¿O sí?

Al menos ella sí. Y trataba de hacer todo para no volver a ‘no-ser’.

jueves, 11 de julio de 2013

Nota sin título: segunda parte; o cómo saltar del tren

Mira su celular, son las 9.30 de la mañana y piensa que debe dormir más. Sin embargo está parada en el andén del subte esperando el tren que la lleva a destino. Un destino de rutina. Una rutina agobiante, desalentadora.

Imagina por un instante que todos los que están a su alrededor son autómatas y ella es la única exenta de esa condición. La sensación se acrecienta cuando llega el tren. Todos acuerdan entrar al mismo tiempo en el vagón. Piensa en los campos de exterminio de no hace tanto. Se espanta de su imaginación. Decide retroceder y esperar al próximo tren para evitar viajar como vacas rumbo al matadero.

Mira su celular, son exactamente las 9.50 de la mañana. Ha estado esperando que llegue un tren con espacio para un cuerpo más por casi 20 minutos, y espera que suceda algo que desvíe el curso de las cosas. De las cosas no, de la rutina. Ese tipo de situaciones o acontecimientos que solían pasar cuando salía a la vida, alrededor de las siete de la tarde. Qué terrible. Pensar que estaba saliendo a la vida a esa hora y por tan poco tiempo, le había cristalizado los ojos. Sus dientes apretaban demasiado. Vida. De qué se trata.

A las 10 en punto decide subir al subte y para evitar escuchar cualquier tipo de disparate o estupidez de la gente que no tiene más que hablar de su trabajo, se coloca los auriculares. Observa a todos en esa postura de hombre-importante-que-va-a-trabajar-de-traje. A las mujeres les gusta más ocupar ese rol y las nota exacerbar la postura de mujer-con-un-alto-cargo.  

Su mirada se transporta a una chica que habla por teléfono. Estaba llorando. Por curiosidad se quita los auriculares. “Me echaron”,  escucha, “no sé que voy a hacer de mi vida”. Frunce el seño y vuelve a escuchar su música.   

Se le ocurre que de pronto chocase el tren para que eso que todos llaman vida se vaya a la mierda. Otra vez su imaginación la agobia. Le cuesta aceptar eso que todos parecen aceptar, y hasta con agrado. Un autómata, un cadáver. Lo eternamente siempre igual.