Sus días se habían convertido en un constante cuestionar. Y
le servía. Le gustaba o al menos le resultaba placentero. Se sentía por
momentos rebelde. Llegar tarde se le había hecho una costumbre. Y comenzó a reírse.
La chica sentada a su lado en el colectivo parecía sentir absolutamente
lo contrario. En un trayecto de no más de diez cuadras había mirado el reloj al
menos cinco veces. Ella la miraba de reojo, y trataba de enfocar su atención en
la lectura. Se le hacía difícil. La joven se cruzaba y descruzaba de piernas,
resoplaba por momentos y había comenzado a sacudir su pie como expresión
corporal de su ansiedad por llegar-a-horario. El tráfico de la ciudad podía
malhumorar a cualquiera. No, a cualquiera preocupado por el tiempo. La miró una
vez a los ojos y luego continúo su lectura. Pensó que esa podía ser ella. Había sido ella.
Ya no. Y trataba de hacer todo para no volver a ‘no-ser’.
La reunión de la noche anterior le había dejado flotando en
su cabeza una idea que surgió al cuestionar el trabajo como concepto mismo. Se
acordó de sus días de estudiante, de sus textos y teorías. Trabajo, palabra de origen latino, era
utilizado para mencionar un
instrumento de tortura formado por tres estacas a las que se amarraba al preso.
Con el paso del tiempo se le otorgó otro sentido, el de ‘penalidad, molestia,tormento o suceso infeliz’. Y eso en el siglo XVII ¿Hoy?
Nos pagan por trabajo. Era eso. Todos convencidos de que el
desarrollo personal debe tener que ver con el desarrollo laboral. Un
reduccionismo agobiante y demasiado desalentador. Sintió pena por todos y hasta
por ella misma. Nos han estado haciendo el cuento hace tanto que eso se
convirtió en algo intrínseco del hombre (?) Tanto que ni siquiera lo
cuestionamos ¿O sí?
Al menos ella sí. Y trataba de hacer todo para no
volver a ‘no-ser’.