Trataba de relatar su historia. De alguna manera tenía que poder transformar la penuria que alcanzaba su espíritu por esos días en algo más que lágrimas o tragos. Como si la muerte le estuviese rondando, como si algo ajeno a ella le adentraba por momentos con todo su vigor y su fuerza, a tal manera de dejarla nula, enmudecida de risas y carcajadas, ensordecida por los mismos motivos, ciega por exceso de imágenes. Todo parecía querer moldearla dentro de esa-vida-que-muchos-ansían y que ella, por negación o rebeldía, o tal vez por deseos profundos de verdadera libertad, estaba dispuesta a boicotear. Con el pecho anudado pudo llegar arrastrándose, arañando los días, los papeles, la gente, su trabajo, al viernes que no pronosticaba nada diferente más que sueño y diversión.
Su continuo cuestionar de las actitudes de todos los que la rodeaban no era más que la confirmación de que hacia allí estaba yendo ella, sólo que por parca, testaruda y hasta irritable carácter había decidido desechar. Aunque sabía que ese ir y venir de engaños no la llevaría lejos, y mucho menos donde pensaba estar el próximo año, se había convencido de que llegar a lo más bajo podía de repente hacerla subir a flote; y hacia allí iba.
Casi por inercia y ganas de olvidarse del mundo llegó a casa de sus amigos a desplumarse como perro en un sofá. No eramos muchos en la casa, como solían ser aquellas reuniones de risas, disparates y filosofía barata con aire académico. A ella le encantaba. Por fin se sentía a gusto después de tanto tiempo y disfrutaba escuchar las historias de todos y jugar a que eran personajes de una novela que algún día escribiría. Pero esa noche tenía un aire diferente. La buena de Dios, o la buena de su amigo que decidió compartirlo, los había puesto en un estado de frescura que hacía tiempo no alcanzaba lograr. De un minuto a otro, se encontró bailando sola en medio de la sala, dando vueltas en círculos con los ojos cerrados. A su encuentro fueron sus amigos a compartir con ella ese momento. Unidos de la mano, danzando todos juntos como pidiéndole a la madre tierra más amor. El lugar se había inundado de sentimientos fraternos, tan fraternos que le hacía imposible creer que a esas personas las había conocido hace tan poco. De tanto en tanto, se sentaba a observarlos como ajena a las circunstancias, para disfrutarlos un poco más y realzar toda su belleza. No había nada, absolutamente nada en ellos, que pudiese llegar a un momento oscuro en la penumbra de una luz de velador que apenas iluminaba la sala. Y estaba feliz. A su lado se recostaban de a ratos sus amigos para agasajarla y hacerla sentir más bella que nunca. Un constante compartir. Una comunión inigualable se había apoderado de la madrugada y todos, sonriendo y tomados de la mano lo inmortalizaron por un instante en sus grandes pupilas.
La mañana siguiente la había despertado con un mensaje. Abrió los ojos porque un rayo de luz que se filtraba por la persiana le daba justo en los ojos. Y allí se halló vertida de nuevo en un mundo al que todavía no quería regresar. Aunque no dejó que su hastío cotidiano invada el pecho y enmudezca la feliz sensación construida por la noche anterior, sintió que de ahí en más algo iba a tener que cambiar o modificar. Que se le hacía difícil llegar a lo más bajo, justo cuando se había sentido en lo más alto y entero de su ser. Volvió a cerrar los ojos por un breve instante como efecto parabrisas que borra los resabios de una lluvia anterior. Cuando los abrío, se quedó por un lapso de tiempo fortuito mirando el techo, como esperando que alguien vaya a su encuentro. Se levantó, lavó su cara, y salió en busca del sol.
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